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lunes, 10 de septiembre de 2018

Ángelus: Jesús vino a liberar el corazón, “núcleo profundo” de la persona

(ZENIT – 10 sept. 2018).- Es precisamente el corazón, es decir, el “núcleo profundo de la persona” –aclara el Santo Padre–, lo que Jesús vino a “abrir”, a liberar, para permitirnos vivir plenamente la relación con Dios y con los demás.

El Papa rezó el Ángelus ayer, domingo, 9 de septiembre de 2018, desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico Vaticano ante miles de fieles reunidos en la plaza de San Pedro para la habitual cita dominical.

Francisco anunció que Jesús nos revela el secreto de un milagro que nosotros también podemos repetir, “convirtiéndonos en protagonistas del Effatà, de esa palabra “Ábrete” con la que devolvió la palabra y el oído al sordomudo”: Se trata de abrirnos a las necesidades de nuestros hermanos que sufren y atraviesan por dificultades, evitando el egoísmo y el cierre del corazón.

El Hijo de Dios es “un hombre insertado en la realidad humana”, explicó el Papa. “Se hizo hombre, por lo tanto, puede comprender la condición dolorosa de otro hombre e interviene con un gesto en el que está involucrada su propia humanidad”.

Estas fueron las palabras del Santo Padre al presentar la oración mariana:

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Antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (véase Mc 7, 31-37) refiere el episodio de la curación milagrosa de un sordomudo, cumplida por Jesús. Le llevaron un sordomudo, rogándole que le impusiera la mano. Pero en cambio, Jesús hace varios gestos: antes que nada, lo aleja de la multitud. En esta ocasión, como en otras, Jesús siempre actúa discretamente. No quiere impresionar a la gente, no busca popularidad ni éxito, solo quiere hacer el bien a las personas. Con esta actitud, nos enseña que el bien debe hacerse sin clamores, sin ostentación, sin “hacer sonar la trompeta”. Debe hacerse en silencio.

Cuando estaban solos, Jesús puso sus dedos en las orejas del sordomudo y con su saliva tocó su lengua. Este gesto recuerda la Encarnación. El Hijo de Dios es un hombre insertado en la realidad humana: se hizo hombre, por lo tanto, puede comprender la condición dolorosa de otro hombre e interviene con un gesto en el que está involucrada su propia humanidad. Al mismo tiempo, Jesús quiere dejar claro que el milagro ocurre a causa de su unión con el Padre: para esto, levantó la mirada al cielo. Luego suspiró y pronunció la palabra decisiva: Effatà, que significa “Ábrete”. E inmediatamente el hombre fue sanado: sus orejas se abrieron, su lengua se soltó. La curación fue para él una “apertura” a los demás y al mundo.

Este relato del Evangelio subraya la necesidad de una doble curación. En primer lugar, la curación de la enfermedad y del sufrimiento físico, para devolver la salud del cuerpo; aunque esta finalidad no es completamente alcanzable en el horizonte terrenal, a pesar de tantos esfuerzos de la ciencia y la medicina. Pero hay una segunda curación, tal vez más difícil, y es la curación del miedo. La curación del miedo que nos empuja a marginar a los enfermos, a marginar a los que sufren, a los discapacitados. Y hay muchas maneras de marginar, incluso con una pseudo- piedad o con la remoción del problema; nos quedamos sordos y mudos  frente a los dolores de las personas marcadas por la enfermedad, la angustia y la dificultad. Demasiadas veces, los enfermos y los que sufren se convierten en un problema, mientras deberían ser una ocasión para expresar la solicitud y la solidaridad de una sociedad hacia los más débiles.

Jesús nos ha revelado el secreto de un milagro que nosotros también podemos repetir, convirtiéndonos en protagonistas del Effatà, de esa palabra “Ábrete” con la que devolvió la palabra y el oído al sordomudo. Se trata de abrirnos a las necesidades de nuestros hermanos que sufren y atraviesan por dificultades,  evitando el egoísmo y el cierre del corazón. Es precisamente el corazón, es decir, el núcleo profundo de la persona, lo que Jesús vino a “abrir”, a liberar, para permitirnos vivir plenamente la relación con Dios y con los demás. Se hizo hombre para que el hombre, que se había vuelto en su interior sordo y mudo  por el pecado, pudiera escuchar la voz de Dios, la voz del Amor que habla a su corazón, y así aprender a hablar a su vez el lenguaje del amor, traduciéndolo en gestos de generosidad y entrega.

¡Qué María, aquella que se “abrió” totalmente al amor del Señor, obtenga que podamos  experimentar todos los días, en la fe, el milagro del Effatà, para vivir en comunión con Dios y con nuestros hermanos y hermanas!

© Librería Editorial Vaticano

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